Por José Carlos Tamayo Oporto
Cada cierto tiempo reaparece en redes sociales la misma queja: que los jóvenes que bailan, ensayan y enseñan danza en las plazas del centro histórico de Arequipa son una molestia, que perjudican a los transeúntes, que contaminan acústicamente y, sobre todo, que faltan el respeto a nuestra condición de Patrimonio Cultural de la Humanidad. La solución que se propone suele ser la misma: que alquilen canchas sintéticas o salones de práctica y dejen las plazas en paz. Esta posición, aunque bien intencionada, parte de una confusión profunda sobre lo que significa el patrimonio cultural y, peor aún, sobre la propia tradición arequipeña.
El primer error es creer que ser patrimonio implica silencio. La UNESCO no protege piedras inertes: protege ciudades vivas. La Plaza Dorrego en Buenos Aires es Lugar Histórico Nacional desde 1978 precisamente porque allí se baila tango en la calle desde hace décadas y porque su feria dominical, abierta y bulliciosa, ocurre sin interrupciones desde 1970. El tango mismo fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial por la UNESCO en 2009 no por su partitura sino por la práctica social que lo sostiene: gente bailando en plazas, milongas y veredas. La Quebrada de Humahuaca recibió el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad en parte por las peñas, los carnavales y la copla que llenan sus plazas pequeñas. Encerrar la cultura para «protegerla» es, en términos patrimoniales, exactamente lo opuesto a lo que UNESCO valora.
El segundo error es histórico, y duele más porque es el nuestro. La cultura arequipeña nació en el espacio público. El yaraví —género que Mariano Melgar elevó a forma artística mayor y que define nuestra identidad lírica— era música popular cantada en plazuelas y patios, no en salas de concierto. Las marineras y pampeños de Benigno Ballón Farfán se popularizaron porque se bailaban en las fiestas de barrio, en los aniversarios de la ciudad, al aire libre. Las estudiantinas recorrían las calles ofreciendo serenatas. Cuando Francisco Mostajo arengaba a las multitudes o cuando los poetas del Aquelarre —Percy Gibson, César Atahualpa Rodríguez, Alberto Hidalgo— hacían tertulia, lo hacían en cafés, atrios y plazas, porque la ciudad entera era su escenario. Pedirles a los jóvenes de hoy que se vayan a un local cerrado es romper, no proteger, la tradición arequipeña.
El tercer error es de clase, y es el más serio. Sugerir que los chicos alquilen canchas sintéticas o salones equivale a privatizar el acceso a la cultura. Los jóvenes que ensayan en la plaza son, mayoritariamente, los que no pueden pagar un local. Los que sí pueden ya están en academias. Si cerramos el espacio público, los hijos de familias acomodadas siguen bailando bajo techo y los demás quedan afuera. Es, en otras palabras, una propuesta de exclusión disfrazada de orden. Y honestamente, prefiero mil veces ver a un adolescente practicando huayno o marinera en una esquina del centro que verlo perdido en algo peor. La cultura es una de las pocas vacunas sociales que nos quedan.
Dicho esto, sería injusto pretender que no hay problemas reales en el centro histórico. Los hay. Pero conviene nombrarlos con precisión, porque las soluciones cambian. El ruido tras la medianoche, los borrachos que orinan en las esquinas, la basura del lunes por la mañana, los vidrios rotos: nada de eso lo producen los chicos que bailan a las siete de la tarde. Lo producen, ensu mayoría, los bares y cantinas concentrados en torno a ciertas calles del centro, cuyos clientes salen a la madrugada y convierten el espacio público en un baño y un basurero. Confundir ambos fenómenos es injusto y, además, distrae de lo que sí debe regularse.
Propongo cuatro medidas concretas que pueden implementarse sin grandes reformas. La primera es crear un registro municipal de artistas y agrupaciones culturales que usan el centro histórico, con horarios y zonas asignadas de manera rotativa, siguiendo el modelo que Buenos Aires ya aplica con éxito. Esto ordena sin expulsar, da previsibilidad a vecinos y comerciantes, y protege a los propios artistas de denuncias arbitrarias. La segunda es establecer límites razonables de horario y volumen para presentaciones con amplificación, permitiendo el ensayo acústico sin restricciones. La tercera, y central para resolver el problema real, es aplicar el principio de «quien contamina, paga»: un recargo a la licencia de funcionamiento de bares, cantinas y discotecas del centro histórico, destinado exclusivamente a un fondo de limpieza nocturna y mantenimiento del espacio público. Si tu negocio genera el desperdicio, tu negocio f inancia la limpieza. La cuarta es reforzar la presencia del Serenazgo en horarios de cierre de bares, no para perseguir a los músicos de las seis de la tarde, sino para atender a los ebrios de las tres de la madrugada.
Patrimonio Cultural de la Humanidad no es un trofeo de vitrina. Es una responsabilidad de mantener viva una ciudad que durante siglos produjo cultura en la calle. Los chicos que bailan en la plaza no son el problema: son, sin saberlo, los herederos de Melgar, de Ballón Farfán, de las estudiantinas y los carnavales arequipeños. Lo que necesitamos no es expulsarlos, sino regular con sensatez, distinguir lo que sí molesta —el alcohol mal administrado y la basura sin dueño— de lo que en realidad nos enriquece, y cobrarle a quien corresponde la cuenta de la limpieza.
Una ciudad que protege su patrimonio silenciándolo no está protegiendo nada. Está embalsamándolo.

