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Editorial: La ojeriza de Trump contra los migrantes

Las redadas contra migrantes han generado fuertes protestas contra el Gobierno de Estados Unidos. Composición foto: RadioYaraví/ Getty Images

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Hugo Ramírez, presidente del Centro de Comunicación Amakella

La decisión de un juez federal estadounidense de frenar temporalmente la militarización de la ciudad de Los Ángeles pone una cuota de razón y sensatez a la inhumana orden del presidente Donald Trump de capturar a cuanto inmigrante se cruce por el camino de los 4 mil miembros de la Guardia Nacional, los 700 marines, miembros de la DEA y del FBI que, armados hasta los dientes, venían realizando desde hace una semana, redadas por la ciudad.

Un duro revés judicial el que experimenta el presidente estadounidense que sólo tiene fijado en su mente expulsar a cuanto migrante pueda como si estos fueran la peste, los criminales más avezados o los responsables de todos los males que vive el país. Es la idea “fantasiosa y desquiciada de un presidente dictatorial” como muy bien lo califico el gobernador de California Gavin Newsom; el hombre que ha logrado frenar la intervención militar.

Aunque Trump, hijo de padres migrantes, ha dicho que no se quedará con los brazos cruzados y ha ordenado apelar y presentar un recurso contra la decisión del juez federal, queda claro que el líder de los republicanos no cejara en su idea de expulsar a cuanto migrante “ilegal” encuentre, por considerarlo un peligro para la seguridad y la soberanía nacional. Un discurso que satisface a sus seguidores y los grupos de fanáticos convencidos de la superioridad de los blancos sobre los latinos y otros grupos considerados inferiores. El racismo en su viva expresión.

Y ante tamaña desproporción el mundo calla. Se mantiene en silencio, excepto contadas excepciones. Los políticos, los líderes y aliados al imperio se hacen de la vista gorda y prefieren mirar a los costados. Ni una sola condena ante la evidente violación a los derechos de las personas migrantes. Ni una sola nota que llame por lo menos la atención de la manera cómo han sido detenidos nuestros hermanos latinos que en

Estados Unidos se ganan la vida lavando platos, arreglando jardines, cuidando niños, cosechando en los campos y cuanta forma de vivir decente encuentren. Somos meros espectadores, temerosos que Trump nos señale con el dedo y nos eleve los aranceles si decimos algo. La cobardía en su expresión máxima.

Y ante tanto silencio cómplice es la ciudadanía la que siempre termina por dar la cara; la que con sus protestas en las calles de Los Ángeles y otras ciudades estadounidenses reclama un alto inmediato a las redadas contra los migrantes. Los que salen a las calles, saben que la protesta pacífica, sin violencia, es una forma de ponerle un alto al autoritarismo, un freno al poder desmedido que hoy ataca a los migrantes y mañana contra cualquier otro grupo o comunidad que el imperio lo considere un peligro. Se justifica, entonces, la protesta ciudadana si su centro es la defensa de la dignidad humana que es lo mismo que la defensa de la vida.