A las 3:33 de la tarde del 23 de junio de 2001, la tranquilidad de un sábado fue interrumpida por uno de los acontecimientos más impactantes de la historia reciente del sur del Perú. Un terremoto de magnitud 8.4 sacudió violentamente las regiones de Arequipa, Moquegua y Tacna, dejando una huella imborrable en la memoria de miles de familias.

El movimiento telúrico tuvo su epicentro frente a las costas del sur peruano y fue percibido en gran parte del país. Durante largos segundos, viviendas, colegios, hospitales e iglesias soportaron una fuerza devastadora que cambió para siempre el paisaje de numerosas ciudades. En Arequipa, la caída de una de las torres de la Catedral se convirtió en una de las imágenes más representativas de la tragedia.

Minutos después del sismo, un tsunami impactó el litoral arequipeño. Localidades como Camaná, Ocoña, Quilca y Matarani sufrieron los efectos de olas que avanzaron tierra adentro, provocando nuevas pérdidas humanas y materiales. Para muchas familias, el desastre no terminó cuando dejó de temblar la tierra, sino cuando el mar llegó a las costas con una fuerza inesperada.

Las cifras reflejan la magnitud de la emergencia, pero no alcanzan a describir el impacto humano que dejó el desastre. Miles de personas perdieron sus hogares y numerosas comunidades tuvieron que iniciar un largo proceso de reconstrucción. Sin embargo, entre los escombros también surgieron historias de solidaridad, esfuerzo y esperanza que permitieron a la población afrontar uno de los momentos más difíciles de su historia reciente.

A 25 años de aquel terremoto, el recuerdo permanece vivo en quienes lo vivieron. Más que una fecha marcada por la tragedia, el 23 de junio representa una lección sobre la importancia de la prevención, la preparación y la resiliencia de un pueblo que supo levantarse frente a la adversidad. El terremoto de 2001 no solo transformó ciudades y paisajes; también cambió la manera en que Arequipa y el sur del Perú entienden y enfrentan los desastres naturales.

